LA IMPORTANCIA DE LA EDUCACIÓN EN EL PROCESO DE
CONSTRUCCIÓN DE CIUDADANÍA.
En el presente
artículo pretendo reflexionar sobre la relevancia que tiene la educación en el
proceso de generar identidades autónomas y responsables, y cómo ello revierte
en la construcción de una ciudadanía capaz de sostener y fortalecer la cultura
democrática en nuestro país.
1.
LA EDUCACIÓN EN EL PERÚ. ¿Qué tipo de sujetos se forman en nuestras
escuelas?
La experiencia de
la educación en el Perú presenta serios problemas para la construcción de un
país con raíces democráticas fuertes y con ciudadanos capaces de ejercer sus
derechos a plenitud y los deberes cívicos que le competen en la misma medida.
La experiencia de la escuela peruana nos remite a procesos opresivos y carentes
de toda libertad posible, de modo tal que los alumnos, futuros ciudadanos,
aprehenden hábitos que luego se transformarán en conductas primarias
determinadas por la falta racionalidad, cuando lo que debe perseguir la escuela
es la formación de sujetos con buen juicio para elegir lo mejor y actuar acorde
a la dignidad humana que nos habita a todos. Esto, como ya lo he mencionado,
representa el principal fin al que debe tender la educación, y no se reduce a
la sola transmisión de conceptos y contenidos, porque cuando la educación se
refiere exclusivamente a esto, la cualidad de sujeto que se forma podrá
comprender muchas cosas –tal vez- sin embargo no estará preparado para hacer
efectivo sus derechos y ejercer su libertad de manera plena.
Vamos a reflexionar
sobre estos temas en tres partes: primero veremos que consecuencias trae el
enfoque pedagógico predominante del dictado de clases dentro del aula, acto
seguido diremos algo sobre los símbolos recurrentes utilizados en la escuela y
terminaremos esta parte reflexionando sobre las dinámicas de exclusión que se
dan en la escuela, todo lo cual no favorece la formación de ciudadanos plenos.
1.1 Sobre el enfoque pedagógico
del dictado de clases.
El enfoque
pedagógico predominante que privilegia de modo absoluto el dictado de clases
por parte del docente, representa un primer momento de experiencia de totalitarismo
que enajena a los estudiantes de su capacidad de sujetos pensantes y por lo
tanto actuantes en el primer espacio público que representa la escuela. La misma
palabra dictar nos remite a significados fuertes de lo que deseo expresar aquí,
y que no se agota en la generación de conductas pasivas en los estudiantes,
aunque esto, es ya de por sí bastante preocupante. El enfoque del dictado trae consecuencias
mucho más serias. La palabra dictar nos remite la idea de imposición. El que
dicta impone algo: una idea, una opinión, cierta acción o conocimiento que se
considera como cualitativamente superior, frente a un público que es imaginado
como inferior o incapaz para elaborar un argumento reflexivo y ejercer una
acción significativa.
Como bien sabemos, la
palabra dictar o dictado es raíz de palabras y significados como dictatorial o
dictador. De modo tal que en la escuela, y en el aula específicamente, el
docente que dicta clase, se
constituye en el dictador que se impone desde una visión de superioridad y de
posesión de algo (conocimientos) que otros no poseen y que lo representan como
cualitativamente mejor frente al público constituido por los estudiantes que
reciben la acción del docente y son representados como inferiores o carentes de
aquello que posee el docente, en este caso como decíamos, carentes de conocimientos.
Esta voluntad así
impuesta a través del dictado de clases, trae como consecuencias la generación
de conciencias dependientes, es decir, de conciencias sin autonomía para llevar
a cabo por sí mismas reflexiones o acciones que devengan en la construcción de
una identidad capaz de desenvolverse en el mundo. Si el principio de la
ciudadanía es el ejercicio de libertades, entonces el enfoque del dictado de
clases niega por definición la posibilidad de formar ciudadanos plenos. Y esto,
a la larga, mantiene y fortalece la cultura del autoritarismo y del más fuerte
en nuestra sociedad, o de la dependencia ciudadana frente a la autoridad de
turno. No resulta gratuito que la gran mayoría de ciudadanos representen el
papel del Estado como una entidad encargada de la solución de sus problemas. Y
que el presidente de la República sea percibido como el responsable de que ello
suceda. No niego, y resulta obvio decirlo, que el Estado juega un papel
importante para asegurar que los derechos ciudadanos se hagan efectivos. Sin
embargo existe una gran diferencia entre exigir que los derechos se respeten y
se hagan efectivos y entre solicitar favores o soluciones a problemas
cotidianos que en principio corresponde a nuestra propia responsabilidad.
Existen situaciones
que a simple vista parecen irrelevantes para la vida, como si en sí mismo no
tuvieran mayor significado. Sin embargo, cuando les damos la atención debido y
reflexionamos sobre ellas, nos damos cuenta que pueden desencadenar
consecuencias totalmente imprevistas. Lo referido al dictado de clases dentro
de la escuela es una de ellas. Pocas veces se ha dicho algo al respecto porque
consideramos que este tema en sí mismo, no parece ser tan relevante. Sin
embargo, si observamos las consecuencias personales y sociales que genera esta
práctica, podemos darnos cuenta de lo importante que resulta repensar este
enfoque para proponer otro que fomente el ejercicio de libertad mientras se
gestan los aprendizajes. Esto es lo que se denomina como un aprendizaje
significativo.
1.2 Los símbolos de una escuela
totalitaria.
Mucho se ha
insistido sobre la importancia que tienen lo símbolos para generar identidades
e identificaciones. Los símbolos son una representación sustantiva de una
realidad valorada. En ese sentido, representan ideales, valores e historias y
tradiciones que sirven para cohesionar a una comunidad en torno de un
imaginario compartido.
Si observamos la
realidad simbólica de la escuela, constataremos que esta se encuentra fuertemente
influida por símbolos que hacen referencia al sentido patriótico, desde una interpretación
castrense. Esto lo podemos identificar a partir de los ritos que se generan
alrededor de los símbolos patrios, tales como la bandera, el escudo o el himno
nacional. Dichos ritos, constituidos por marchas, formaciones al inicio de la
jornada escolar, interpretaciones matutinas del himno patrio, etc, hacen representan
la manera como el contexto militar interpreta y valora el sentido de lo
patriótico.
Todo esto no ha de sorprendernos
mucho en tanto República del Perú, desde su fundación a la fecha, ha sido
mayormente gobernada por líderes militares bajo regímenes autoritarios o
dictatoriales. Incluso algunos de nuestros gobiernos civiles y supuestamente
democráticos, han tenido, para el logro de fines de dominación, el respaldo
absoluto de los militares, tal como ocurrió con el gobierno de Alberto
Fujimori.
La carga simbólica
que tiene que en las escuelas se valoren y se promuevan ritos de carácter
militar, forma parte de un discurso mayor que impulsa la formación dentro de la
escuela hacia valores del contexto castrense, tales como la disciplina, la
obediencia, la rigidez en el desarrollo físico, etc, todo lo cual nos conducen
a parámetros que nos enajena de los valores civiles que rigen el ejercicio
pleno de la ciudadanía, tales como la tolerancia, la libertad, la deliberación y
en definitiva la capacidad para evaluar, entre múltiples opciones, qué es lo
mejor para el desarrollo pleno de nuestras identidades personales y con ello el
desarrollo pleno de nuestros pueblos.
De lo dicho hasta
aquí, se entiende que en nuestro país se encuentre instalada la idea de que el
gobernante deba ser el padre que ponga orden. En el imaginario común, importa
poco que el gobernante sea un sujeto apto para el ejercicio del gobierno, ni
que represente, desde su propia conducta, el respeto irrestricto a la ley. Lo
que se busca es alguien que imponga mano dura, sin que por ello importe si se
le “pasa la mano”, con tal de que el orden sea el que impere. Se coloca el medio
como el fin, y se tergiversan los roles en función de imaginarios tendientes
hacia el autoritarismo. Todo esto debilita nuestra conciencia ciudadana y los
valores cívicos se pierden en la fantasía de que siempre será que uno decida
por todos. Es aquí donde se instala la violencia (como la voluntad de uno sobre
todos) en desmedro del poder (entendido como la voluntad de todos para todos),
tal como lo entendía Hanna Arendt.
1.3 La escuela y la exclusión.
Entramos a este
último punto de esta parte, referida a como la escuela representa un espacio
donde no se educa para ejercicio de la ciudadanía.
La educación
entendida como derecho debería otorgar las mismas condiciones de desarrollo a
todas las personas. Sin embargo, la realidad educativa peruana representa un
espacio que promueve la desigualdad en términos de acceso y calidad educativa.
Un claro ejemplo de esto lo representan el sistema privado y el sistema público
de educación. Entre ambos, existe una diferencia abismal en relación a calidad
educativa y a infraestructura básica en las escuelas y en las universidades,
sin dejar de mencionar los institutos superiores.
Quien estudia en
una institución educativa privada (con ciertos estándares de calidad)
encontrará mayores condiciones para desarrollar mejor sus cualidades
cognitivas, procedimentales y hasta actitudinales.
No ocurre lo mismo
con aquellos que estudian en instituciones educativas públicas. Como
consecuencia de esta desigualdad de condiciones, al momento de tentar un
trabajo, se dará preferencia a aquellos y aquellas que provienen de
instituciones privadas en desmedro de quienes provienen de instituciones
públicas. O si se trata de concursos, igual existirá desigualdad de condiciones
para competir por un puesto de trabajo. Por lo cual, el sistema educativo
representa, tal como se encuentra diseñado en la actualidad, un elemento de
exclusión y de desigualdad social, lo cual socava la integración social y abre
aun más las brechas existentes, todo lo cual sirve como caldo de cultivo para
la insatisfacción y abre demandas por sistemas autoritarios, socavando la
ciudadanía y la democracia en el país.
2.
¿HACIA DONDE IR?
Luego de este breve
y desalentador recorrido, podemos decir que mucho de nuestros males en términos
de falta de ejercicio de ciudadanía plena, o de debilidad de la cultura
democrática en nuestro país, se gesta en el principal espacio de socialización
secundaria que es la escuela.
Marshall decía que
para que existan buenos ciudadanos en la Inglaterra de primera mitad de siglo
pasado, debía haber un buen sistema educativo que incluya a todos y que siente
las bases de un reconocimiento social auténtico. Todo esto debe permitir,
además, el desarrollo económico y social que todos los ciudadanos esperan. Por
otro lado, Amartya Sen refiere que la pobreza no tiene que ver solo con la
ausencia de bienes materiales, sino fundamentalmente con la ausencia de
libertades, las cuales se expresan en el ejercicio de la ciudadanía. Prueba de
todo esto lo vemos en países del Este asiático, tales como Tailandia, Singapur
y otros, los cuales basaron su éxito de desarrollo en la inversión en educación
como tema fundamental. De tal modo que existe una relación directa entre
desarrollo, reconocimiento y ejercicio de ciudadanía por una parte, y educación
por otra.
En términos de lo
que nos preocupa en este breve trabajo, diremos que educar para la ciudadanía
no es tarea fácil, más aun en un contexto como el peruano donde las brechas
sociales y la exclusión de la comunidad política son de carácter histórico, desde
la conquista española, y con mayor fuerza –aunque suene paradójico- desde la
fundación de la república. Porque aunque los españoles representaron un modelo
de dominación explícito en territorio americano, las relaciones establecidas
con los indígenas tuvieron cierto carácter conciliador y supuso dejarlos en
libertad para que desarrollen sus negocios y se conviertan en proveedores de
bienes para las familias españolas durante el Virreinato.
La fundación de la república suponía la fundación de una comunidad política,
donde las relaciones debían ser en estado de igualdad frente a las leyes del
Estado y el reconocimiento de ciudadanos no debía discriminar a nadie del
ejercicio pleno de derechos. Esto no ocurrió así como lo sabemos. La república
fue fundada por los criollos y la comunidad política estuvo limitada a la
participación de las elites regionales, constituida, nuevamente, por criollos.
La población indígena fue dejada de lado de este proyecto fundacional durante
un largo periodo de tiempo. En tal sentido, la ciudadanía no se constituyó en
un tema inclusivo desde un inicio.
¿Qué podemos hacer frente a este panorama?
El educador debe
ser el primer sujeto de insatisfacción en el sistema. El o la docente que se
conforme con lo que ocurre a su alrededor sin hacer nada por cambiar las
situaciones que atentan contra la dignidad de las personas, no puede llamarse
educador.
En lo que se
refiere a la educación para la ciudadanía, debemos dar los siguientes pasos:
- Avanzar hacia la democratización de
la escuela como primera tarea. En el caso del aula como primer espacio
educativo, el maestro debe abandonar el imaginario de que es “la
autoridad” y dirigir su acción en el sentido de su categoría profesional
como servidor público. El que sirve no ejerce dominio, sino que promueve
procesos de construcción de proyectos de dignificación.
- incorporar la deliberación como
método de aprendizaje y de interacción entre los estudiantes. Esto pasa
porque el alumno aprenda que para expresar una opinión o un sentir, es
necesario argumentar y escuchar argumentos de sus demás compañeros y
compañeras, así como del docente. Este ejercicio práctico, podría tener
muchas consecuencias positivas en la generación de ciudadanos capaces de
discutir y argumentar propuestas, y desterrar la vieja costumbre y latente
tendencia a patear el tablero cuando no “nos salimos con la nuestra”.
- Promover el ejercicio de libertades
dentro de la escuela. Esto significará que el docente incorpore
actividades educativas que conduzca al estudiante a investigar, a
reflexionar, a emitir opiniones y sentimientos y sobre todo, que perciba
que la escuela no es lugar de represión, sino un espacio donde se puede
interactuar. Los seres humanos actuamos, esta es una
cualidad distintiva respecto a otras especies. Y no actuamos solos, ya que
una acción en solitario es insostenible. Uno actúa en relación a otros y
con otros. Ello lo decía muy Hanna Arend cuando refería, siguiendo a
Aristóteles, que la acción es propia del hombre y que esta no se puede dar
al margen de los demás. Una acción realizada con otros, siempre hace que
algo novedoso aparezca. Por ello la importancia de poder educar para
acción y más aun, para la interacción.
- Promover un nuevo paradigma de
disciplina al interior de la escuela. La disciplina no está reñida con el
ejercicio de las libertades. Por el contrario, un sentido positivo de
disciplina incorpora la capacidad del estudiante para construir de manera colectiva
normas de convivencia, para el
logro de objetivos de aprendizaje. En ese sentido, toda norma de
convivencia construida colectivamente, debe ir acompañada de una sanción
que logre incorporar en el alumno la idea de respeto a la legalidad,
fundamental en toda sociedad democrática. La sanción no debe ser enfocada
desde la óptica del castigo, sino desde la visión de la reparación. En ese
sentido se avanzará en lo que Paul Ricoeur expresa respecto a la
imputabilidad de una acción al sujeto,
desde un sentido de reparación de un daño y no solo desde la idea castigo
por un mal cometido.
- Incorporar los valores cívicos, tales
como la tolerancia, el respeto y la valoración a las diferencias y la
solidaridad como sentidos de convivencia pacífica. Esto es de especial
importancia porque abre una veta de reflexión urgente en nuestro país, la
cual tiene que ver con el carácter multicultural de nuestra nación. La
ausencia de reconocimiento y de respeto a las diferencias culturales,
expresadas en actitudes de racismo y discriminación, se aprenden en la
escuela, cuando no se tiene una formación sólida en espacios de
socialización previos como la familia. Y es precisamente uno de los males
mayores de nuestro país, el no asumirnos como una sociedad multicultural,
con diversos modos de ser ciudadanos desde las propias lógicas culturales.
Y que el Estado asuma esas diversas posturas de ejercicio de la
ciudadanía. Avanzar hacia el reconocimiento de las diferencias y asumir
que somos un país diverso, es una de lasa tareas fundamentales de la
escuela de cara a la formación en ciudadanía.
- Aprender a manejar conflictos y no
buscar soluciones a ellos que incorporen la violencia como método
práctico. Buscar la resolución de conflictos de manera pacífica, ayudará a
aprehender nuevas maneras de afrontar situaciones conflictivas desde el
diálogo y el intercambio de opiniones.